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Camisetas arruinadas

Como amantes de los deportes que somos, podría apostar a que nadie se atrevería a decir lo contrario ante la afirmación de que no hay nada más amado, admirado y valorado que la camiseta de nuestro club, seamos jugadores, socios, o tan sólo simpatizantes. Cada vez que situamos nuestra vista cuando esa pieza de indumentaria sale a la cancha o bien tenemos aquellos colores en nuestras manos, renovamos nuestro amor por esa institución que tantas satisfacciones nos hizo vivir con cada festejo y, a la vez, tantos sufrimientos nos generó cuando las cosas no marchaban bien.

Citando al entrañable Pablo Sandoval en la película “El secreto de sus ojos”, “… el tipo puede cambiar de todo: de casa, de familia, de novia, de trabajo, de religión. Pero hay una cosa que no puede cambiar… no puede cambiar de pasión”. Y esto es lo que justamente despierta una camiseta en los corazones de cada uno de sus hinchas; esa pasión totalmente entendible y en cierta forma previsible ya que se está en presencia del símbolo más importante de un club, de la expresión máxima del sentido de pertenencia y orgullo por el cual, desafortunadamente, muchas veces la gente se torna irracional e intolerante. Pero ese no es el tópico central de esta columna.

Desde sus inicios, y más aún en la actualidad, los kits de cada uno de los equipos son verdaderas piezas de arte ya que enaltecen los valores de los mismos y la cuestión se profundiza en mayor medida si nos ponemos a analizar las camisetas suplentes y terceras, en donde las marcas, los clubes y los consumidores se muestran más permeables y abiertos a explorar cuestiones más abstractas en innumerables ejemplos; la intromisión del Marketing y los aspectos propios del profesionalismo fueron grandes evangelistas de dichas obras, y es por eso que hace ya algunas décadas comenzamos a observar la presencia de publicidades (o sponsors) en la parte frontal de los diseños. También es lógico ya que vender el espacio de un producto que es adquirido por miles de personas y visto por millones (si agregamos la variable de la exposición mediática gracias a la TV, periódicos e internet) le otorga al club un ingreso altamente rentable. Eso es una cuestión innegable.

Asimismo, esas mismas variables también han tenido una gran responsablidad para que los clubes se vean tentados a sobrevender dichos espacios de publicidad, y tal es así que hoy en día no sólo encontraremos camisetas con una publicidad en la parte frontal y otra en la trasera, sino que además en las mangas, en los shorts e incluso una doble publicidad de empresas diferentes en la parte posterior. Y es justamente el gran inconveniente que el deporte en general (y el fútbol en particular) está enfrentando en la actualidad debido a que aquellos mismos diseños que antes enaltecían y ponían el grito de orgullo entre la multitud para resaltar esos colores del club, hoy se ven casi mutilados por el exceso de publicidad, con lo que se asemejan más a un collage o a un uniforme de Fórmula 1 que a una camiseta. Y es más… las remeras de tenis durante la Copa Davis o incluso las camisetas de rugby están sufriendo poco a poco dicha tendencia. Como si esto fuera poco, la foto se vuelve aún más compleja si a los uniformes les adicionamos los parches oficiales de los torneos como la Champions League, las copas Libertadores y Sudamericana, al mismo tiempo que los escudos del campeón (Copa del Mundo, o bien una escarapela italiana para los campeones de la Serie A, por citar algunos ejemplos), y bingo! Estamos en presencia de verdaderos uniformes que vemos en los muñecos espantapájaros de las series y películas.

Si ponemos en consideración la evolución de estos aspectos que vienen de la mano del profesionalismo (lejos estamos de abrir juicio sobre dicho comportamiento; ese no es el foco aquí), más la tentación por parte de los clubes a obtener ingresos extraordinarios (que luego se vuelven moneda corriente), la tendencia indica que este proceso no parece tener fin. En tal sentido, y para preservar tanto los emblemas de los clubes como los esfuerzos que tanto se vuelcan a los diseños (y por qué no el humor de los simpatizantes, también), las autoridades deberían colocar un techo a la cantidad de auspiciantes en las camisetas, de la misma forma que se han introducido los montos máximos para el cumplimiento del fair play en las transferencias o los cupos a los jugadores extranjeros para que la mano de obra local no se vea afectada. El profesionalismo ha llegado para quedarse y, guste o no, tenemos que convivir de la mejor manera con él, y la solución no es irse al otro extremo y prohibir todo lo que trajo sino ser más pragmáticos y aggiornados, establecer reglas claras que garanticen la sustentabilidad para todo el ecosistema.

Acerca del autor

Juan Manuel Rodríguez Cortes

Juan Manuel Rodríguez Cortes

Licenciado en Administración. Especialista en Marketing.

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