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Luis Scola y su imperdible carta a la Generación Dorada

El ex capitán de la selección argentina le dedicó una emotiva columna a la revista norteamericana ‘The Players Tribune’ en la cual recordó detalles sobre el Oro Olímpico y desafió a Manu Ginobili.

Conocido por su temple dentro y fuera de la cancha, Luis Scola es sin duda uno de los mayores referentes del básquet argentino. Hoy en día, nuevo jugador del Shanxi Zhongyu Brave Dragons de la CBA, Scola aún no se desliga del todo de la NBA y un fuerte vínculo que supo construir alrededor de la liga más competitiva del mundo.

En este contexto, la prestigiosa revista local The Players Tribune le pidió redactar una columna acerca de la Generación Dorada y aquella gesta histórica con su país en el 2004, a lo que Luifa se lució con un emotivo relato.

A continuación la nota, traducida al español: 

"Francamente, estoy contento de que Manu finalmente anunciara que volverá a la NBA para su 16ª temporada.

Porque ahora la gente va a dejar de preguntarme sobre él.

Creo que es justo decir que Manu es el jugador más grande que nuestro país tuvo jamás. Pero acá hay una verdad: cuando Manu era un chico, era un jugador promedio. Ni siquiera estaba en la Selección Juvenil.

Manu tenía algunas contras cuando era joven. No era alto. Era demasiado flaco. No era un gran proyecto para nada. Estamos hablando de la Generación Dorada del básquetbol argentino, un grupo que ganaría la medalla dorada en 2004. Oberto. Nocioni. Pepe Sánchez. Prigioni. Cuando empezamos a jugar juntos en 1996, Manu no estaba ni cerca de poder estar en el equipo A.

Lo cortaron cuando tenía 15 años.

Mientras algunos de nosotros empezamos nuestras carreras en Europa, Manu se quedó en Argentina. Jugó para el club Andino antes de que lo traspasaran al equipo de su ciudad, Bahía Blanca. Al principio no jugaba demasiado, pero cuando empezó a jugar, los reclutadores lo empezaron a notar. Eventualmente, un reclutador de Italia lo llevó a un equipo de la segunda división de Italia, el Viola Reggio Calabria.

Para cuando Manu volvió a Argentina para jugar en la Selección, era un jugador diferente. Atrás habían quedado las preocupaciones sobre que sea el jugador más flaco en la pista.

En cambio, volvió como el feroz competidor que conocemos hoy.

Pero es suficiente sobre Manu - ya lo van a ver de nuevo este año en la NBA, después de todo.

Para realmente entender mi historia y apreciar cómo se ensambló la Selección Argentina, tienen que entender cómo los argentinos veían al básquet en los 90. El básquet no era más que una alternativa del fútbol, un deporte que se jugaba solo para tener variedad. Hay tanta presión cultural en la Selección Argentina de Fútbol-las expectativas están por el cielo. De hecho, cuando Argentina perdió la final de la Copa del Mundo en 2014, la gente reaccionó como si fuese el apocalipsis. Fue duro.

Eran los segundos de todo el mundo, y no era suficiente.

Para la Selección de básquet, es un universo de expectativas totalmente distinto. Uno de los primeros torneos grandes que nuestro grupo jugó fue el clasificatorio a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. No terminamos clasificándonos, pero quedamos muy cerca. A pesar de que no llegamos a los Juegos, en casa la gente estaba como "¡Madre Mía! Es increíble que llegaran tan lejos". Fuimos recibidos muy cálidamente. Esa era la realidad de las expectativas de la gente en lo respectivo al básquet en Argentina.

En aquel entonces, nosotros sentimos como un objetivo realista clasificarnos para los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Era todo lo que queríamos. Llegar a esa instancia era el logro más grande que podíamos imaginarnos. Ganar el oro estaba fuera de la discusión - Estados Unidos había ganado cada Juego Olímpico desde 1972 (N. del E: La extinta Unión Soviética ganó el oro en Munich 1972 y en Seúl 1988, y la también extinta Yugoslavia, en Moscú 1980). A pesar de que los habíamos vencido en el Mundial de 2002, sabíamos que Estados Unidos iba a traer estrellas más grandes a los Juegos y que iba a ser una situación diferente. Si podíamos encontrar una manera de subirnos al podio, iba a ser histórico.

Pero lo más loco fue: Argentina logró incluso más que eso, llegando más lejos de lo que cualquiera de nosotros jamás había soñado.

Sorprendimos al mundo.

Mi papá jugó al básquet semiprofesionalmente. Cuando era chico, me parecía increíble que él iba a trabajar al banco siete u ocho horas, venía a casa a vernos y después se iba a practicar a las 9 o 10 de la noche. Viajaba alrededor de todo el país para jugar diferentes torneos, contra equipos en ciudades chiquitas o zonas remotas del país. Ganaba muy poca plata, pero esa no era la razón por la que jugaba.

Recuerdo preguntarme a mí mismo: "¿Por qué está haciendo esto?". Pero amaba tanto el juego que era contagioso. Jugaba lo que yo llamaba "básquet real" - que significa que jugaba solo por amor al juego.

Yo seguía a mi papá a todos lados, así que era solo una cuestión de tiempo hasta que empezara a jugar también. Eventualmente, pusimos un aro sobre nuestro garage y empezamos a tirar y a hacer dribbles en la vereda. Eso puede sonar como algo muy normal para la mayoría de la gente de Estados Unidos, pero en Argentina en los 80 la gente nos miraba como si estuviésemos locos.

El fútbol es el deporte nacional. Pero el básquet se convirtió en el vínculo que me conectó con mi papá.

Sin embargo, había un gran problema - el cable no estaba disponible a fines de los 80 y principios de los 90, así que no había manera de ver partidos de la NBA.

Así que tuvimos que ser creativos.

Mirar partidos en vivo no era una opción, por lo que comprábamos grabaciones en VHS. Generalmente, eran cassettes que alguien había comprado en Estados Unidos y había traído a Argentina para vender en la calle. Era como una venta de garage de televisión norteamericana.

Pero llegó el cable a Argentina y cambió a nuestro país para siempre.

Era el año 1992 y los Chicago Bulls estaban en las finales contra los Portland Trail Blazers, dirigidos por Rick Adelman (quien fuera mi primer entrenador en la NBA). Mis amigos y yo quedamos absortos - mirar la final en el cable ese año fue, para mi generación, el comienzo de nuestra relación con el básquet. Cada vez más, el básquet servía como una alternativa al fútbol - no lo jugaba mucha gente todavía, pero era tan atractivo visualmente como el fútbol - los pases y el movimiento del balón - y eso ayudó a que generara interés.

El fútbol es el deporte nacional, y siempre lo será. Nada nunca tocará al fútbol en ese lugar - el básquet nunca siquiera se le va a acercar. Pero el básquet se convirtió en el hermano menor que le hacía competencia.

Mirá, aunque Argentina no tiene la población de ninguna de las grandes naciones que dominan el deporte, hay algunas cosas que sí tiene.

Primero y antes que nada, el básquet federado es el único juego que existe. No hay tres contra tres, uno contra uno o básquet callejero en Argentina. Solo hay cinco contra cinco en cancha completa - el juego está orientado al equipo desde el momento en que empezás a jugar. Ves los resultados de ese abordaje al juego desde las divisiones juveniles hasta la Selección mayor.

Segundo, y más importante, somos apasionados. Y no me refiero a "Oh, tengo pasión por ganar y anotar 40 puntos y ser el mejor jugador de la cancha" - esa es la parte que disfrutarían en cualquier parte del mundo. Ser bueno en algún deporte es súper divertido. Pero son los momentos que no son divertidos los más importantes para crecer, y los argentinos somos apasionados en el proceso. ¿Cómo creés que Messi, que es tan chiquito, terminó siendo tan bueno?

En mi caso, no me afectó haber sido beneficiado con mi altura - mi papá también era alto. Era más alto que casi todos mis compañeros, así que anotaba un montón desde el momento en el que empecé a jugar. Dominaba el juego. Para cuando tenía 11 o 12, me reclutaron por primera vez para formar parte de un equipo. Todo pasó tan rápido - de repente estoy uniéndome a un equipo más competitivo y siendo considerado para un seleccionado juvenil, y al rato ya se me considera una fija para convertirme en jugador profesional. No fue cuestión de "¿Jugaré alguna vez por plata?". Eso definitivamente iba a pasar. Fue más como "¿Qué tan lejos puedo llegar? ¿Jugaré en Europa alguna vez? ¿Y en la NBA?".

Firmé mi primer contrato en el básquet local cuando tenía 15.

Más tarde ese mismo año, viajé con la Selección Juvenil Argentina a un torneo en Ecuador. A lo largo del torneo, tres reclutadores europeos estuvieron tomando notas en las tribunas. Al término de un partido, uno de los reclutadores vino y me dijo que representaba al Saski Baskonia, un club de la primera división de España.

"Queremos ofrecerte un contrato".

Lo firmé y me mudé a España.

Tenía 17.

Es loco mirar atrás como ahora, pero mientras escribo esto fui un jugador profesional durante 22 años. El básquet me llevó a través de todo el mundo. Tuve muchos momentos que me enorgullecen en la NBA, pero cuando hablo de mi carrera, el triunfo de Argentina en 2004 resalta por sobre todo el resto.

En el ámbito internacional, todos usan sus duelos contra Estados Unidos como una medida para saber qué tan buenos son. Eso fue cierto para mí también - usaba nuestros duelos contra EE.UU. para ver dónde estaba parado. En 1999 jugamos contra Estados Unidos en Puerto Rico en un clasificatorio para los Juegos Olímpicos, y recuerdo haberme sentido abrumado. Fue como "¿Debería siquiera estar jugando al básquet?".

Sé que suena como un chiste, pero fue así de malo. No estábamos listo para competir con ellos en 1999. Por momentos en ese juego defendí a Vin Baker, y él me llevaba cinco centímetros y 18 kilos. La primera vez que me atacó, me sacó totalmente de posición. Salí volando. Soy de los más grandes de nuestro equipo, y Vin se posteó conmigo como si nada.

"Hmm", pensé. "Este tipo es mucho más fuerte que yo".

En otra jugada se abrió y se preparó para tirar de tres. Yo pensé: "No hay manera de que meta esta". Él volaba a mi alrededor y si encima tenía tiro a distancia, yo estaba cocinado. Entonces realmente tendría algo en qué pensar.

La enterró.

"¡Ya está", pensé. "¡No hay manera de que alguna vez yo pueda competir con estos tipos!".

Pero nuestro grupo estaba hecho de hierro, y sabíamos que seríamos más competitivos la próxima vez, y la siguiente. Para ese entonces, la mayoría de nosotros ya habíamos estado jugando juntos por tanto tiempo que todo lo que pasaba en la pista era natural. Todos sabían su rol, y no afectaba en nada que tuviésemos la generación de jugadores más talentosos en la historia de Argentina.

Todo cambió a comienzos de los 2000. Nos clasificamos a Atenas. La revancha con Estados Unidos era inminente. Mientras EE.UU. históricamente nos ganaba, pude notar que íbamos ganando terreno - en 2002, incluso los vencimos en el Mundial de Indianápolis, nuestra primera victoria contra Estados Unidos con jugadores NBA.

Ahí fue cuando supe que podíamos competir contra cualquier equipo del mundo.

No nos importó que el equipo de Estados Unidos de 2004 estuviera incluso más plagado de All Stars como Allen Iverson, Tim Duncan y Amar'e Stoudemire.

Y acá está el dato - Estados Unidos nunca había perdido un partido de básquet en un Juego Olímpico con jugadores profesionales. Sabíamos a lo que nos enfrentábamos.

Pero nosotros teníamos el grupo con el que habíamos estado jugando por una década: Manu, Andrés Nocioni, Carlos Delfino, Fabricio Oberto, Pepe Sánchez, Walter Hermann y todos los demás.

Y para 2004 ya éramos más grandes y más fuertes. No solo creíamos que teníamos chances de ganarle a Estados Unidos, te juro - y esto suena gracioso una década más tarde - pero sabíamos que podíamos ganarles.

Nuestra confianza simplemente estaba en otro nivel.

Lo que siempre voy a recordar de ese juego es cómo se sintió salir a la cancha. Recuerdo la energía que había en ese vestuario.

Se sentía diferente. Estados Unidos esperaba ganar. Sin embargo, nosotros íbamos a ganar. Nadie en nuestro equipo tenía dudas de cuál iba a ser el resultado.

Todo ese juego, las semifinales de los Juegos Olímpicos, fue diferente a todos los partidos anteriores ante Estados Unidos, en los que sabíamos que teníamos una chance pero en el fondo creíamos que íbamos a perder. Como espectadores, habíamos visto a tantos equipos casi vencer a Estados Unidos, pero sobre el final comenzaban a titubear y se ponían nerviosos. Incluso cuando habíamos derrotado a Estados Unidos en Indianápolis, no creíamos en realidad que íbamos a ganar.

Cuando le llegó el momento a Nocioni o a Manu de hacer grandes tiros, los hicieron (Manu terminó con 29 puntos). Pasamos la pelota de manera increíble. En los momentos en los que otros equipos comenzaban a fallar a la hora de cerrar el partido, nosotros solo seguíamos mejorando. Fuimos arriba durante todo el partido, y cuando Estados Unidos tuvo una reacción tardía jugamos con la misma pasión y ferocidad con la que habíamos jugado al principio del partido.

Algo que fue muy difícil de recordar en ese momento, debo reconocer, fue que todavía teníamos que ganar otro partido para ganar el oro. Habíamos vencido al equipo supuestamente invencible, y fue una locura y no éramos realmente conscientes, en ese momento, de que todavía teníamos más por hacer.

Pero probablemente ya sabés cómo terminó.

Con la pasión argentina no se juega. Preguntale a Messi. Preguntale a Manu.

Hablando de eso - Che, Manu, ¿te veo en Tokio en 2020? Probablemente ya vas a estar muy viejo, pero algo me dice que vas a sorprender a todos. No sería la primera vez". 

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